Hace poco, en un taller, una maestra me preguntó si la motivación o el principio de compromiso del que habla el DUA está solo al inicio de la clase.
Es una duda común, y con razón. Imaginemos una sesión que empieza con música, con una dinámica que arranca aplausos; los estudiantes ríen, se activan, están interesados. Ese es el momento de «enganche» que solemos poner al inicio de la planificación de cualquier sesión, y sin duda cumple una función. Sin embargo, cabe preguntarnos si de eso se trata realmente la motivación dentro de este marco, o si nos hemos quedado solo en el rol de cheerleaders que animan por unos minutos y luego siguen con la clase de siempre.
Porque la motivación que persigue el DUA no se agota en captar la atención; busca algo más profundo, que es sostener el compromiso del estudiante incluso cuando la tarea se pone difícil, cuando se equivoca, cuando siente que no está a la altura del compañero de al lado. Y ese sostenimiento no se activa con una canción, sino con la forma en que el aula responde al error.
Aquí es donde entra en juego nuestra propia competencia socioemocional, y en especial una habilidad que no basta con enseñar porque nos toca modelarla: la autocompasión.
Neff y Germer la describen como un equilibrio entre dos fuerzas: por un lado, consolar, calmar y validar; por otro, proteger, proveer y motivar. Un aula que solo empuja hacia adelante sin sostener termina agotando, mientras que un aula que solo consuela sin dar herramientas para actuar tampoco construye autonomía; la verdadera activación de las redes afectivas ocurre cuando ambas fuerzas conviven.
Estos autores también distinguen la autocompasión de la autoestima, ya que la segunda nos hace evaluarnos en comparación con otros, mientras que la primera es una manera de relacionarnos con quienes somos con amabilidad y aceptación, especialmente cuando fallamos.
Eso es justamente lo que buscamos habilitar cuando trabajamos autorregulación y función ejecutiva en el DUA, pues un estudiante que puede fallar, sostenerse a sí mismo y volver a intentarlo, sin necesitar ser mejor que nadie para sentirse capaz, está mucho más comprometido que aquel que solo reaccionó a la canción del inicio.
Ahora bien, un estudiante difícilmente aprende a tratarse con amabilidad en un aula donde el adulto no se la permite a sí mismo. Ser buenos con nosotros mismos nos da los recursos emocionales para ser buenos con los demás, y exigirnos perfección en cada material, cada adaptación y cada estrategia rara vez es sostenible en el tiempo.
Así que volviendo a la pregunta de la maestra: no, la motivación no está solo al inicio de la clase; está en cada momento en que decidimos cómo responder al error, tanto el de nuestros estudiantes como el propio.



