Aliados por la Inclusión

Vivirla es querer crearla: lo que escuchamos nos obliga a seguir



Ayer tuvimos el privilegio de ser parte de un espacio que no olvidaremos fácilmente.

En el marco del movimiento internacional “Educación Inclusiva: Quererla es Crearla”, que convoca a familias, estudiantes, profesionales e investigadores de varios países de Iberoamérica para construir juntos un diagnóstico participativo del estado de la educación inclusiva , realizamos en Lima una jornada de reflexión colectiva con jóvenes con discapacidad, familias, docentes y especialistas.

El Perú forma parte de este proceso junto a Paraguay, Colombia, Argentina, Uruguay, Brasil y España, con miras al Primer Congreso Iberoamericano sobre Educación Inclusiva como Movimiento Social, que se celebrará en Asunción en abril de 2026 .

Este movimiento parte de una premisa fundamental: hacer inclusivas las escuelas es una responsabilidad compartida por el profesorado, las familias, los estudiantes y la ciudadanía en general. Y ese principio cobró vida ese día en cada testimonio.


Los testimonios

Escuchamos a docentes que llevan más de una década convencidas de que la educación inclusiva puede sacarnos a todos adelante, y que recuerdan con claridad el momento exacto en que alguien les dijo “yo confío en ti” como si esa frase hubiera cambiado el rumbo de su vida profesional. Y probablemente lo hizo.

Escuchamos a familias que tuvieron que mudarse de ciudad, aprender terapias, convertirse en abogadas de sus propios hijos, suspender sus proyectos laborales y personales, porque el sistema no estaba ahí. Que recorrieron especialista por especialista sin encontrar una respuesta coherente. Que incluso salieron del país para encontrar un lugar donde su hijo o hija fuera recibida con normalidad.

Si yo no lo hago, nadie lo va a hacer”.

Madre de un niño con discapacidad

Escuchamos a un padre que acompañó a su hijo en cada paso, aprendió las terapias para replicarlas en casa, enfrentó el bullying en secundaria, buscó alternativas cuando el sistema ordinario falló, y hoy puede decir con orgullo: “Hoy mi hijo es diseñador gráfico. Ellos pueden aprender. No pierdan la fe.”

Y escuchamos, también, una de las frases más contundentes de todo el espacio, dicha por un joven: “alguien que te diga que no puedes hacerlo por ser autista no dice la verdad. Porque sí se puede.

Lo que tienen en común todas estas historias no es el final feliz, que no siempre llega, ni la resiliencia individual, que no debería ser el único recurso disponible. Lo que tienen en común es que todas ellas ocurrieron a pesar del sistema, no gracias a él.

Duele e importa que duela. Sería deshonesto no decirlo: es especialmente doloroso seguir escuchando las mismas historias. Las mismas puertas cerradas. Llevamos más de diez años escuchando estas experiencias, y aún hay niñas y niños a quienes se les niega el derecho a estar en una escuela regular.
Pero en esa lucha hay algo valioso: es combustible. La historia de Lucinda, la de Bertha, la de César y Nicolás, la de cada familia que ha tenido que volverse experta en leyes, en terapias, en negociación y en resiliencia no puede quedarse solo como testimonio. Tiene que cuestionarnos. Tiene que sacudir nuestra práctica y poner en jaque a los sistemas que seguimos reproduciendo.

Vivimos un momento en el que parece que nadie se escucha. En el que el debate público se ha vuelto ruido. Y precisamente por eso, espacios como este demuestran que otra forma de avanzar es posible: podemos hablar de todo lo que falta con respeto. Podemos nombrar el fracaso del sistema sin culpar a las personas que están dentro de él haciendo lo que pueden. Podemos reconocer la historia del otro, su dolor, su cansancio, como punto de partida y no como obstáculo.


Nuestro rol: ser aliados, y sumar más aliados.

En Aliados por la inclusión creemos que nuestro lugar es precisamente el de ser aliados de este proceso. De las familias, primero, que cargan con una mochila que ningún sistema debería dejarles cargar solos. Y de las personas con discapacidad, que no necesitan que nadie sueñe por ellas, sino que el sistema les abra las puertas que merecen. Pero también sabemos que solos no alcanza. Por eso este tipo de espacios importan tanto: porque cada docente que escucha la historia de Alí quizás regresa al aula con otra mirada. Cada directivo que entiende que la inclusión no es un favor sino un derecho puede cambiar la cultura de una institución entera. Cada especialista que deja de medir con resultados estandarizados y empieza a mirar a la persona abre un camino.

Como dijeron en ese espacio, con una frase que nos quedó grabada: “Quererla es crearla. Vivirla es querer crearla.” Nosotros la vivimos. Y por eso seguimos.

Si quieres ser parte de este movimiento, de este diagnóstico participativo o de los próximos espacios de reflexión, escríbenos. Hay lugar para más aliados.