Cómo empezar “a hacer” inclusión
Por: Marcia Rivas
Entre los docentes de todos los niveles y modalidades, una pregunta recurrente es ¿cómo empezar a “hacer” inclusión? Esta pregunta casi siempre va acompañada del deseo de que quienes la recibimos saquemos un manual, una lista de cotejo o un tip salvador que mágicamente haga que “ese niño problema” no lo sea más en su aula.
Probablemente lo más difícil de responder esta pregunta, es decirle a tu interlocutor que ese tip no llegará y que si llega no servirá de nada, porque el primer paso para “hacer” la inclusión, es entender de qué va.
Cuando hablamos de inclusión no nos referimos a la educación para personas con discapacidad, ni para estudiantes con algún trastorno, sino a un enfoque mucho más abarcador en el que hablamos de una educación que por sus características es capaz de responder a la diversidad de los estudiantes y de brindar apoyos a quienes más lo necesitan.
Es decir, la inclusión no se trata de atender a un “niño problema” para modificar su comportamiento y que encaje mejor en mi estructura de clase. La inclusión requiere observar las dinámicas de mi aula, el currículo, los materiales, y la forma en que enseño para que todas y todos los estudiantes experimenten la menor cantidad de barreras posibles para acceder, aprender y participar.
Cuando centramos nuestra atención en que lo que hay que modificar es el entorno, y es allí donde debemos identificar las barreras, nos damos cuenta que la inclusión no solo se “hace”, sino que se hace, se comprende, se vive, se reflexiona, etc. No existirá un manual que pueda aplicarse a todas las aulas por igual, porque no existen dos aulas ni dos maestros que enseñen igual. Será clave, entonces, fortalecer nuestra capacidad de observación, de reflexión y de iteración; es decir, de probar y evaluar lo que estamos haciendo para encontrar las respuestas que permitan atender mejor a todas y todos nuestros estudiantes.
Este proceso que puede sonar complejo, irá dándose paso a paso y no “harás” inclusión de un día para otro, sino que irás convirtiendo tus prácticas docentes en más y más inclusivas. Por supuesto, hay algunas cosas con las que puedes empezar:
- La primera es tener claro cuál es tu compromiso. ¿Realmente quieres construir inclusión y estás dispuesto a dejar atrás respuestas integradoras que atiendan únicamente al niño/ niña, para atreverte a modificar tu propia práctica y el entorno de aprendizaje? Si la respuesta fue “¡Sí!”, bienvenido a una comunidad de docentes por la inclusión que cree firmemente que es nuestro deber ético y profesional atender a todas y todos los estudiantes dándoles igualdad de oportunidades, tratando de reducir la exclusión que ciertos estudiantes experimentan ya fuera de las aulas.
- Segundo, te invito a centrar los esfuerzos en aprovechar los recursos con los que cuentas. Como docentes debemos fortalecernos y aprender más sobre estrategias para atender a la diversidad; sin embargo, debemos reconocer que los mayores expertos sobre las dinámicas de inclusión e exclusión en el aula, no son los agentes externos al proceso educativo, sino quienes son parte del mismo: los compañeros del aula, los otros docentes, las familias, etc. Abrir el debate y recurrir a estos agentes para resolver lo que sucede en el aula, te ayudará a no sentirte solo y a trabajar colaborativamente para avanzar hacia culturas y prácticas más inclusivas.
Y tú… ¿ ya sabes cómo empezar?



